domingo, 25 de octubre de 2009

Los Olvidados...



¿Será acaso conveniente, que como Dalí, acusemos a Buñuel de comunista?... El carácter social (pleno de injusticia y menesteroso de lo opuesto) –casi de inspiración neorrelista- de la película es abordado de forma ingeniosa por el cineasta andaluz, nos presenta la vida de arrabal, de forma mordaz, frontal, y el contraste de clases, una sátira de la burguesía, postula la imposibilidad de escapar del contexto, las contradicciones irreconciliables de la vida, que se articulan estéticamente al combinar el mencionado abordaje realista, con el surrealista. Conviviendo armoniosa y discordantemente…
Hay detalles –quizás simbólicos- que llaman particularmente mi atención, como el hecho de que las presas, las víctimas de los primeros ataques del Jaibo y sus secuaces sean “discapacitados”, y después cuando ataca a personas “capacitadas”, lo hace sólo en posiciones ventajosas, como la pedrada a traición que le arroja a Julián, o el combate final con Pedro, pareciera como una metáfora de la brutalidad –Jaibo- que genera la pobreza que destruye sobre todo a los más inermes. La función de los pollos, ya que aparecen en cada escena importante, en cada cambio o giro, punto dramático, los pollos juegan un papel preponderante, son catalizadores de acción. El cielo y las nubes figueroanas, cielos gigantes salpicados de comulos nimbus, luminosos que contrastan con el suelo. Las escenas nocturnas que recuerdan a Brasaï. El huevaso a la cámara que resbala sin obligarla a cortar. O el hecho de que todos los habitantes citadinos -por esa misma razón- independientemente de su estrato social, son “malos”, al menos están corrompidos, él único personaje “inocente” que es capaz de la bondad es “el extranjero”, el ojitos, que viene de fuera, del “pretérito-idílico” campo, de un “allá”. Es además el único de los muchachos que hace su aparición con dinero propio en la peli, que sirve para realizar –sin que ninguno de los dos lo advierta- el mismo efecto confidente y redentor que pretende el director de la granja, para el final de la peli, aunque a un nivel humano, concreto, en singular, sin la reivindicación y aceptación social que el segundo deparaba. Don Carmelo, hace un apunte muy divertido e irónico: “Te llaman ojitos, ¡qué apodo tan sin chiste te pusieron!”.
El erotismo –el complejo de Edipo del Jaibo satisfecho por la madre de Pedro, o las piernas salpicadas de leche de meche- y la violencia sexual –al menos como promesa- permea todo el filme, que es otra variación del tema del otro, de “lo otro”, como infierno, como límite, contrario, la imposibilidad o futilidad de los empeños del individuo por “alzarse” sobre las circunstancias, porque la realidad, los otros, tienen la última palabra.

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